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Fe y Confianza: Narracion por Jesus Adrian Romero

No te pregunto si querías nacer, no te pregunto si querías ser pobre o rico, no te pregunto cuales serian tus padres, o tus hermanos o tu familia, no te pregunto si querías ser lindo o feo, gordo o flaco; no. no lo hizo pero el hecho de que no te lo haya preguntado no quiso decir que querías que fueras producto de de la injusticia o de la desigualdad o del azar si decimos esto sería contradictorio porque Dios es Dios de justicia de equidad y propósitos, pero no está en ti contender con el hacedor o ¿Es acaso el alfarero como el barro, para que lo que está hecho diga a su hacedor: El no me hizo; o lo que está formado diga al que lo formó: El no tiene entendimiento? Y si suponemos que te haya preguntado esto ¿serias feliz? Para que ser rico si nunca te puedes sacias el hombre nunca se conforma con lo que tiene para que ser bello si al pasar los años tu piel envejece tu pelo se vuelve blanco y tus huesos se debilitan para que tener unos padres y una familia prestigiosos si el prestigio no da el amor, eso no llena el vacío de tu corazón , lo que se tiene en la tierra es vanidad de vanidades todo absolutamente todo es vanidad; la tierra solo es un paso a la eternidad es tu formación hacia un futuro eternal aquí no importa lo que tienes sino lo que eres. Continuamente habrá personas y tú mismo que te querrán meter en tu cabeza que si no tienes dinero, fama amigos no eres nada pero que equivocados Dios dice no se moldeen al mundo actual, sino sean trasformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta (ROM 12:2
(ERIKA SUAREZ)
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TOMA MI MANO, PRECIOSO SEÑOR

por el Hermano Pablo

«Fue Dios quien nos unió», manifestó Thomas. Los jóvenes esposos se amaban profundamente. Y aún mayor fue el arrobamiento cuando se supo que una criaturita venía en camino. Pero algo no andaba bien. La joven mujer murió al dar a luz, y al día siguiente el bebé que había nacido siguió a su madre por el camino hacia las estrellas. Fue la primera gran tragedia de varias en su vida.

A los pocos días se sentó al piano y compuso una canción. Le puso por título: «Toma mi mano, precioso Señor». Así comenzó la carrera musical de Thomas Dorsey, hombre de raza negra de los Estados Unidos. Escribió canciones espirituales hasta que murió a los noventa y tres años de edad. Ese primer himno, nacido del dolor, se tradujo a cincuenta idiomas.

Fue larga la vida de Thomas Dorsey, hijo de un pastor protestante del estado de Georgia. Con su increíble talento musical tocó el piano en clubes nocturnos en orquestas de jazz hasta los veintiséis años. A esa edad tuvo una transformación espiritual y se dedicó, desde ahí en adelante, a componer himnos y cantos espirituales. Compuso más de mil.

Muchos de sus himnos se cantan todavía en las iglesias y figuran en muchos himnarios. Pero el favorito de todos fue el primero que compuso, aquel titulado: «Toma mi mano, precioso Señor».

¿Qué es lo que uno está diciendo cuando canta: «Toma mi mano, precioso Señor»? ¿Tendrá algún valor una petición así? ¿Escuchará Dios el clamor desesperado de sus hijos? ¿Valdrá la pena pedir de Dios su ayuda?

La respuesta, muy firme y categórica, es: sí. Muchas veces, en el transcurso de sus noventa y tres años, Dorsey levantó su mano al cielo en busca de consuelo. Y por su continua dedicación a Dios, durante tantos años, siempre halló la mano cálida y amistosa de Cristo dispuesta a estrechar la suya.

¿Necesitamos hoy una mano amistosa? Quizá nuestro matrimonio esté en problemas. Tal vez algún hijo nos esté haciendo la vida imposible. O quizá nos hayan comunicado que tenemos una enfermedad mortal. ¿Qué podemos hacer? Lo que hizo Thomas Dorsey: levantar la mano al cielo y pedir: «Toma mi mano, precioso Señor.»

De hacerlo así, esa mano divina que los clavos horadaron en la cruz tomará la nuestra. Cristo nunca deja de respondernos, nunca nos niega su mano, nunca ignora nuestro clamor. ¿Queremos estrechar esa bendita mano? Él sólo espera que le extendamos la nuestra.
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CUANDO DE REPENTE SE PIERDE LA VISTA

por el Hermano Pablo

A los nueve años de edad tenía vista de lince, gran aptitud para correr, e inteligencia sobresaliente. Pero a los diez, en un juego de cricket, recibió un terrible pelotazo en el ojo derecho, y a las pocas semanas Cyril Charles, un niño de la isla Trinidad, quedó casi totalmente ciego.

¿Qué hace un niño de diez años de edad que de repente pierde la vista? Hace lo que, por lo general, no hacen los adultos. En esto podríamos nosotros los adultos aprender de los niños.

Cyril Charles, sin amilanarse, comenzó de inmediato a aprender el braille y, mientras lo aprendía, continuó cursando sus estudios. Aunque lo muy poco que veía aparecía borroso, continuó también practicando el fútbol y el atletismo. Con el paso del tiempo Cyril no sólo se convirtió en un estudiante singular, sino que sobresalió en el deporte. Y a los veinte años ganó una maratón para minusválidos.

Al año de ganarse esa carrera, con los adelantos de la ciencia fue operado de la vista, y Cyril recuperó su visión. Había pasado muchos años en sombras, pero resurgió, por fin, a la luz y a esperanzas cumplidas.

Una desgracia física no es el fin de la vida. El mundo no se detiene porque uno haya sufrido un percance. Es cierto que hay que hacer ajustes. A veces es cuestión de enfrentar un nuevo régimen de acción, pero la vida sigue. Y la esperanza, la fuerza de voluntad, la férrea resolución, la tenacidad y la constancia traen, con el tiempo, el triunfo.

No perdamos la fe. La fe en uno mismo y la confianza en los semejantes producen una esperanza que trasciende toda tragedia humana. El cuerpo físico puede nacer contrahecho o débil. Puede deteriorarse. Puede, incluso, perder uno de sus miembros o uno de sus sentidos físicos. Pero si dentro del cuerpo tenemos el alma viva y pujante, triunfaremos porque ésta nos sostendrá.

No perdamos la fe. Creamos, más bien, en Dios. La fe en Dios nuestro Creador produce una fuerza en nosotros mil veces mayor que la fuerza humana. Las competencias deportivas para minusválidos que se realizan ya en casi todas partes del mundo están demostrando que cojos, mancos, paralíticos, ciegos y otros muchos impedidos pueden vencer obstáculos increíbles.

No perdamos la fe. Aferrémonos, más bien, a la mano de Dios. Creamos como creía el apóstol Pablo, que dijo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).