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GUARDA TU CORAZON

Proverbios 4:23 nos dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.” Aparte de ser un versículo precioso, lleva dentro de sí una verdad que pocos advertimos: guardar nuestro corazón… pero, ¿en dónde?, o ¿guardarlo de qué?

He estado meditando en varios versículos que muchos cristianos ya estamos acostumbrados a escuchar, y por lo tanto, recitamos a cabalidad. Sin embargo, hemos dejado de percibir el verdadero mensaje que transmiten a nuestros corazones debido a la frecuencia que los repetimos sin meditar profundamente en ellos. El versículo anterior recientemente capturó mi atención.

La Palabra nos invita a amar a Dios con todo nuestro corazón. Ese principio ha estado en mi mente desde hace muchos años, razón por la cual, nunca he podido decirle a mi esposa que la amo de igual forma, es decir, “con todo mi corazón”. Y no porque haciéndolo esté pecando, sino por convencimiento propio. Con María Eugenia tenemos tantas palabras y frases que intercambiamos para comunicar nuestro amor mutuo, que deseé guardar si quiera una expresión especial para mi Dios. Basándome en la instrucción dada por Jesús de amar a nuestro Padre con todo nuestro corazón (…) aparté esa expresión exclusivamente para Él.

Meditando en eso, el Espíritu Santo habló a mi mente y me hizo una pregunta: “¿en dónde cabe Dios?” Si las Escrituras dicen que él es tan grande que ni los cielos de los cielos pueden contenerlo, supuse que definitivamente no habría espacio físico que podría incluirlo. “¿En un templo, un edificio, un estadio, una ciudad, un continente… el mundo entero?” Ninguno de estos espacios podrían guardar la presencia misma de Dios en toda su extensión… sin embargo había un lugar en que Dios podía entrar… ¡el corazón! Esta idea retumbó en mi cabeza. Qué precioso saber que todo el esplendor de Dios que no puede contenerse en espacios físicos enormes, puede guardarse en uno tan pequeño a los ojos, pero tan metafísicamente gigantesco.

De manera que el corazón del hombre guarda algo tan precioso como la presencia del mismo Dios. Varias veces he mencionado que, hace tiempo –de adolescente- solía sentirme incómodo cuando un predicador motivaba a su audiencia a recordar el momento en que habían aceptado a Jesús como su salvador personal invitándolo a que habitara en nuestros corazones. La razón es que toda mi vida he vivido conociendo al Señor y lo he invitado a entrar tantas veces que he olvidado aquél acontecimiento único (porque fue a una temprana edad que lo hice). Esa idea invadía mi mente y me angustiaba porque pensaba que al no recordar ese preciso “momento” yo estaría condenado a una eternidad sin Él. Desde entonces, he madurado mucho, y frente a tantas personas, cuando hago la oración de salvación y pido a Jesús que entre en mí, escucho a Jesús diciéndome: “acá estoy, aún no me he ido… ¡ni me has pedido que me vaya!”

De manera que si Jesús vive en mi, ¿cuántas razones debía tener para reconocer que el corazón merecía estar guardado en un lugar seguro y especial? Una: “porque de Él mana la vida.”

El mejor lugar para guardar tu corazón es el corazón del Padre (Dios). El corazón de un padre está conectado al corazón de un hijo. Por eso suelo decir que, el corazón de una mujer debe estar guardado tan profundamente en el corazón de Dios que si un hombre quisiera encontrarlo, debería buscar a Dios primero para luego llegar al de ella. Es el banco más seguro y confiable y que paga con los mejores intereses: un hombre justo, bueno y que ama y busca a Dios sobre todas las cosas.

Antes de casarme con María Eugenia, yo sabía que tenía que pedir la autorización paternal. Sin embargo, a diferencia de la tradicional costumbre de “ir a pedir la mano”, mi espíritu me motivó a pedírselo a Dios antes que a mi suegro. Yo sabía que María Eugenia había guardado su corazón en el corazón de Dios primero, de manera que Él tenía la llave. Fue entonces cuando recibí un permiso especial de Jesús para pedirle a ella y su padre que se casara conmigo.

Tú corazón es algo demasiado valioso para llevarlo descuidado –desprotegido-. Una cosa es que tú invites a Jesús a entrar en tu corazón y otra que tú le pidas a Él que guarde el tuyo. Haz ambas. Tu corazón merece ser cuidado por aquél que te dio la oportunidad de tenerlo.